CRÍTICAS
HERALDO DE ARAGÓN
Sábado 18 de Enero de 2003
Retablo de maravillas
Industria, industria y no milagro, hacen del teatro de nuestra Edad de Oro retablo de maravillas, deleitoso jardín donde gustar los frutos de una tradición que alcanzó sus máximas cotas en el arte de representar comedias. Entre la jornada y jornada de ellas los cómicos de la legua, sobre los que pesaban prohibiciones tales como ser enterrados en sagrado, solazaban al público que acudía a plazas y corrales con romances y bailes, con pasos y entremeses que, de Lope de Rueda a Quiñones de Benavente, cultivaron con no menos maestría autores tan señalados como Miguel de Cervantes y don Pedro Calderón de la Barca. Mundo al revés lúdico y festivo que resarce de la seriedad y las miserias del día a día y donde disfraces y máscaras celebran la apoteaosis de la burla y del engaño, la magnífica visión que de él nos propone Producciones Viridiana con "Cómicos y maleantes" no puede reflejar mejor la atmósfera en que se desarrolló género que merece ser revisitado con frecuencia. Y, a ser posible, como es el caso, poniendo especial énfasis en la condición y estado de quienes la hicieron posible, unos comediantes, que, vigilados de cerca por la Inquisición, a despecho de su honra, de su hacienda y de su vida, no dudaban en atentar contra la escrupulosa policía de las costumbres en el libre desempeño de su oficio: suscitar la risa y la carcajada del auditorio.
Enfrentados a un invisible tribunal de santos padres por lo sucedido en cierta función en Sigüenza, los protagonistas de "Cómicos y maleantes", en ejercicio interpretativo sobresaliente, ponen en escena un montaje de traza sencilla pero admirable presentado, por otra parte, con una escenografía en extremo sugerente. En efecto, el lúgubre escenario de una de las dependencias del Santo Oficio, todos y cada uno de los actores cantan y bailan con gracia y donaire, trasladan con fortuna textos que son clásicos en el género, como "La cueva de Salamanca" de Cervantes, y logran momentos cómicos verdaderamente antológicos -así el entremés de "Los habladores"-.
Si la trama y la elección de los textos es impecable, no le anda a la zaga una dramaturgía que suma aciertos por doquier. A destacar la utilización de los romances rescatados por Joaquín Díaz, marionetas y "marottes" muy particulares ponen a prueba la ductilidad de unos intérpretes que, más que actuar, viven y hacen revivir en escena el clima físico y espiritual de una época que resume como ninguna el espíritu del teatro hoy y siempre.
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